Ice Nine Kills llevan ya 6, 7 u 8 discos (según contemos los que regraban o arreglan) en 15 años, siendo unos de los enfants terribles del metalcore… o no, porque desde sus inicios se han movido entre el metalcore melódico y el post-hardcore, aunque por todos lados siempre se les ha catalogado únicamente como metalcore, supongo que por salir junto a cientos de grupos del estilo en pleno boom.

El The Silver Scream marcó un salto en su música, dejando un poco de lado el metalcore e incluyendo todo tipo de estilos en una base más marcadamente post-hardcore. Aunque hablamos del The Silver Scream del 2019 que salió también por Fearless Records, no el del 2018 que se auto-editaron ellos, ya que son ligeramente distintos (¿ahora entendéis un poco lo de la numeración variable?), añadiendo canciones y colaboraciones a las que ya tenían en el original, donde los más conocidos eran Randy de Finch y Tony Lovato de Mest, mientras que en el 2019 encontramos hasta con Matt Heafy (Trivium).

El hecho es que ese The Silver Scream, contó con una fantástica producción y promoción, que les llevó a tener varios millones de reproducciones en los vídeos que sacaron y, a pesar de que ya tenían un buen puñado de seguidores, el efecto Ice Nine Kills se disparó.

Esta segunda parte es un saltito más en la evolución de la banda, tanto a nivel de colaboraciones (Jacoby de Papa Roach, Corpsegrinder, Brandon de Atreyu, Ryan de Fit for a King, etc…), como a nivel musical… aunque quizás deberíamos llamarlo “de locura musical”. Y es que, damas y caballeros, la escasez de drogas en California no ha sido causada por el problema ese del colapso de los puertos, para nada. La escasez de drogas en esa zona viene porque estos tíos han arrasado con todo (de ahí la canción con Jacoby que les debe de haber pasado todos los contactos de sus camellos, porque la canción en sí, es una puta mierda y el único punto negro del disco).

Locura musical es lo que define este disco, donde cada canción (siempre sobre la base de un post-hardcore bastante contundente pero que no llega a metalcore), salta de un estilo a otro, entran samplers, cambia de ritmos y de tempos constantemente, como también hacen las voces, ya sea por la inclusión de las colaboraciones o por lo versátil que es Spencer Charnas, llegándonos a recordar en algunos momentos a Johannes Eckerström de Avatar.

A pesar de no ser un disco extremadamente técnico, lo he encontrado fantástico, esa “locura musical” está genialmente cuajada (menos en Hip to Be Scared, la de Jacoby, que además sacaron como single, supongo que para que los camellos les hicieran el descuento para los colegas), y los temas no dejan de sorprenderte a medida que avanzan.

Si a eso le añadimos un buen puñado de vídeos llenos de sangre, muñecos diabólicos y enfermos mentales varios (si el primero era como un thriller musicado, esta segunda parte sería una peli de terror en su versión musical) con una producción igual de buena que la de las canciones, pues tenemos uno de los discos del año.

Lluís XXVI